12 mayo 2019 ~ 0 Comentarios

[LOLO | 106] LOLO: SU VIDA Y SUS GOLES (Capítulo 9)

EL DESPOJO
DE BERLIN …

El gobierno decidió enviar una delegación numerosa a las Olimpiadas de Berlin. Era la primera vez que el deporte peruano concurría a una justa de esta naturaleza. Se acordó que también el futbol asistiera con un buen equipo. Sport Boys, por su extraordinaria campaña de 1935 y de los mismos partidos de pre-selección, se gana el derecho de concurrir íntegra con su plana titular. Lolo es considerado como delantero centro.

En el “Orazio” hicieron el largo viaje. Durante la travesía menudeaban las lluvias, interrumpiendo con frecuencia los limitados ejercicios que podían hacer a bordo bajo la dirección de Evaristo Gómez Sánchez y Alberto Denegri. En las noches, se entretenían escuchando un poco de música criolla que cantaban en dúo Lolo y Landa, quien también acompañaba con la guitarra canciones que empezaban en dúo y terminaban en un coro general de todos los deportistas peruanos.

Llegaron al Berlín de la hora nazi. La Villa Olímpica, un alarde matemático de organización. Por todo sitio botas relucientes que chocaban con violencia sobre el pavimento. Pero aquellos soldados del impresionante paso de ganso sucumbían también ante la tentación del futbol y un grupo de ellos ganó, casi a señas, la amistad de los jugadores peruanos de fútbol a quienes buscaban para entrenar juntos.

Cada salida a la ciudad era un raid de agradables sorpresas. Todos los deportistas tenían un carnet olímpico que les significaba pase libre en ómnibus, tranvías, ferrocarriles, museos, circos, teatros y apreciables rebajas en las casas comerciales. La ciudad entera estaba embanderada predominando la bandera olímpica y la nazi de la cruz ganada.

“Va a hablar Hitler para todos los deportistas extranjeros”, corrió la voz un día por toda la Villa Olimpica. No era una bola; ordenaron a la delegación peruana que formara frente a su pabellón. Lo mismo hicieron todos los deportistas visitantes. Había gran expectación por conocer al espectacular jefe nazi. De pronto se escuchó por los altoparlantes la voz de Adolfo Hitler que en brevísimo discurso saludó a las delegaciones concurrentes y habló de la preocupación de su gobierno por mantener la paz del mundo. Fue una grabación que luego fue traducida a todos los idiomas con gran decepción para quienes creían que ese día iban a conocer personalmente al Führer.

Confeccionado al fixture olímpico de fútbol, al Perú le correspondió la serie A y debía enfrentar a Finlandia en un partido que eliminaba al perdedor.

“LOLO” en fotografía tomada en el barco rumbo a Europa.

El match se jugó el seis de Agosto. Gran nerviosidad en toda la delegación peruana. Prolongadas reuniones secretas entre Claudio Martínez, Tito Denegri y Juan Valdivieso que había sido designado capitán del cuadro. Desde Lima los habían persegido dos criterios: uno de formar íntegro el equipo con la gente del Boys que se comprendía perfectamente; otro, de formar un seleccionado con los mejores hombres sin tener en cuenta su club de origen. Se decidieron por lo último, y ese día, a la cancha de Hertha Platz salieron con el clásico uniforme de la banda roja en el pecho; Valdivieso; Arturo Fernández y Víctor Lavalle; Tovar, Titina y Jordán; Prisco Alcalde, Magallanes, Lolo, Villanueva y Morales.

Finlandia presentó un equipo de blancos gigantes: Gronlund; Halme y Sotiola;  Salminen, Veckstrom y Lindback: Malmgren, Lentonen, Kenerva, Arvanen y Larvo. En el centro de la tribuna central, un grupo de diplomáticos copetudos y deportistas peruanos habían formado una pequeña pero bulliciosa barra. Nuestros compatriotas se admiraban de que las tribunas de primera y segunda estuvieran separadas, simplemente, por una raya pintada de blanco, sin que nadie se atreviera a pasar al lugar que no le correspondía.

El árbitro italiano Barlassani tocó el pitazo inicial y la bola se puso en movimiento. Desde el comienzo se impone la quimbosa picardía criolla al ingenuo vigor de los escandinavos. No se habían jugado veinte minutos cuando Lolo abre el score con un recio disparo. Dos minutos más tarde, entre Magallanes y Morales dejan varios finlandeses regados y, ¡gol! de Morales! Cuando está por terminar el primer tiempo, Lolo vuelve a prender la mecha y coloca el tercero de la serie. En lo poco que resta, todo el equipo peruano se dedica al “camote” hasta que los interrumpe el silbato que daba por finalizado el medio tiempo.

Para la etapa complementaria el cuadro peruano sale a “jaranearse” como decía Villanueva. Es “El Maestro” quien convierte el cuarto gol con una jugada de su marca: frente al arquero finlandés se detiene, espera a que el guardavalla se arroje a sus pies para elevar el esférico e introducirlo de cabeza al gol. Lolo interrumpe el camote de sus compañeros para señalar el quinto, el sexto y el sétimo. Total: cinco golazos de Lolo. Los finlandeses hicieron tres goles contra siete de los peruanos. Resultó un debut olímpico más sencillo de lo que se imaginaba.

Este triunfo tan holgado resultó perjudicial cuando llegó la hora de enfrentar a los austriacos. Estos dominaban más la pelota y sus pases, largos y rasantes eran más precisos. Además, habían tomado sus precauciones, señalando a un hombre, Whalmüller, para que controle exclusivamente a Lolo Fernández. No quieren seguir la suerte de los finlandeses. La cosa se presenta bien difícil y sobre los treinta minutos un austriaco hace gol de casi 25 metros aprovechando que los nuestros están reclamando se cobre un out. Paulatinamente va degenerando el match en un intercambio de patadas. El árbitro Christiansen sigue todas las incidencias con frialdad nórdica. Hay un penal contra Magallanes que el juez no quiere ver. Lo mismo pasa cuando derriban a Lolo. Poco antes de terminar el primer tiempo los austriaco0s se colocan en una ventaja de dos a cero. Así concluye la etapa final.

En el segundo tiempo, pese a sus lesiones, el cuadro peruano muestra nuevos bríos; los austriacos tratan de frenarlos con violentas jugadas. Campolo, que está jugando de interior derecho, cae lesionado víctima de un foul escandaloso que el árbitro no cobra. Reclaman los jugadores peruanos, hay una prolongada detención del match mientras ruidosamente protesta la barra peruana. Se reinician las acciones y es el mismo Jorge Alcalde quien de certero remate de cabeza disminuye la diferencia del score. Se robustece la reacción peruana, todo el cuadro se vuelca sobre el campo austriaco. Lolo hace un gran pase a Villanueva y éste descoloca al arquero y decreta el empate. En furiosos contraataques, los austriacos buscan el gol del triunfo. Se juegan los noventa minutos y el score permanece dos a dos. El agotamiento y las lesiones son las notas características del camarín peruano. Particularmente, Lolo ha sido el blanco de los más violentos fouls. Sin embargo, de acuerdo con los reglamentos, tienen que volver a la cancha para jugar dos tiempos suplementarios.

Fueron dramáticos los treinta minutos en que se prologó el partido. Los veintidós hombres mostraban los efectos de la recta lucha. Los austriacos parecía dispuesto, fundamentalmente, a defenderse e intentar el gol de la victoria de contragolpe. Al equipo peruano se le apreciaba más suelto e inspirado. Termina el primer tiempo suplementario sin que se modifique el empate. Reiniciadas otra vez las acciones la delantera peruana ataca con brava terquedad. Morales marca un gol que el árbitro anula. Lo mismo pasa con un tanto de Campolo, originándose otro incidente de protestas. Faltaban sólo dos minutos para que terminara el largo match cuando Villanueva convierte en gol un magistral pase de Morales. Los austriacos aceleran el saque del centro con la esperanza de volver a empatar, pero otra vez avanza Lolo y, como último recurso, lo detienen con un foul. Villanueva habla con Lolo: “El Maestro” se coloca entre la barrera de los austriacos, shotea el cañonero en dirección a Villanueva, se agacha “Manguera” y ¡GOOOOOOOL PERUANO!

Más angustioso y merecido no pudo ser aquel triunfo. Los once bravos que lo conquistaron fueron: Valdivieso, Arturo Fernández y Víctor Lavalle; Tovar, Titina y Jordán; Magallanes, Campolo, Lolo, Villanueva y Morales.

Un cerro de cables cayó sobre el pabellón de los peruanos. Los periodistas de todo el mundo se disputaban las entrevistas de los morenos jugadores que se habían convertido en los más serios aspirantes al título olímpico.

Cuando mayor era la satisfacción de la muchachada peruana, surgió la sucia tinterillada. Los delegados austriacos reclamaron ante la Fifa. Pedían la anulación del partido con los más extraños pretextos: que un espectador había invadido el campo, que el juez actuó con extremada complacencia; y por último, que el campo en se había mugado el match no tenía las medidas reglamentarias. Lo cierto es que pedían se anulara la victoria que no había podido impedir dentro de la cancha. Para la indignada sorpresa de todos, prosperó este reclamo y la FIFA acordó anular el resultado del match y que, ese mismo día, los dos equipos volvieran a enfrentarse, en riguroso privado en el Postdam Stadium.

Como no podía aceptarse tamaña injusticia, la delegación peruana se retiró de las Olimpiadas y se acordó la desafiliación de la FIFA. Antes se probó lo absurdo que eran los pretextos exhibidos para la anulación del match. Sobre uno de ellos decía un comentarista suramericano: “No pueden alegar que la cancha es antirreglamentaria, porque la eligieron los organizadores y la aceptaron los dos equipos. Además es que les ha parecido chica la cancha porque el equipo peruano estuvo muy grande”.

Toda la delegación peruana emprendió el viaje de regreso. Estuvieron unos días en París. En la Ciudad Luz hubo interesantes propuestas para Lolo y Magallanes. Ninguno aceptó.

Lima tributó a los olímpicos una de las recepciones más cálidas que puedan recordarse. La multitud los aplaudió sin cesar desde el Callao hasta el Estadio Nacional. Hicieron el recorrido en carros descubiertos. En uno iban Lolo, Prisco Alcalde, Chapell, Pardo y Perico Rodríguez. Los hinchas saludaban al Cañonero abriendo la mano derecha, en recuerdo de los cinco goles contra Finlandia. En la Plaza San Martín una dama entregó a Lolo una corona de laureles que, a pedido de la multitud, tuvo que colocarse el cañonero. Llovieron flores sobre los jugadores y se soltaron palomas blancas, al final, los futbolistas fueron sacados de los vehículos y llevados en hombres por la muchedumbre. Tanta efusión dejó agotadísimos a los recién llegados. “Esto ha sido más bravo que el partido contra los austriacos”, declaró Lolo ese día.

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